Recent News





Chile y la irrupción de un nuevo tipo social: ¿emprendedores o ... - El Mostrador

Las encuestas, incluso las buenas, son lentas en capturar los cambios sociales y culturales, porque tienden a aplanar las diferencias en la medianía de las respuestas cerradas y automáticas. Aun así, los datos cuantitativos tienden a converger en torno a una tendencia de nuestra sociedad hacia un individualismo cada vez más acentuado. Así por ejemplo, la Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica, muestra que la percepción de que el esfuerzo individual es la mejor forma para progresar en la vida, ha experimentado un aumento de un 30% a un 38% en los últimos 5 años, en tanto que la importancia asignada a las garantías estatales para progresar, ha descendido en 6 puntos en igual período.

Estas leves tendencias cuantitativas encuentran, a mi juicio, una cristalización mucho más potente en un conjunto de “símbolos” sociales y culturales que han sacudido a la opinión pública en los últimos años y que, si bien de muy distinto signo, apuntan todos en la misma dirección.

El primero es sin duda el caso del hijo de la Presidenta, Sebastián Dávalos, que montó con su señora una “exitosa” consultora, que prosperaba a partir de multimillonarios contratos situados en el difuso terreno situado entre el ámbito público y privado.
El segundo es el de Miriam Olate, ex esposa del diputado Osvaldo Andrade, y funcionaria de carrera en Gendarmería, que no dudó al planificar su retiro de aplicar una “triquiñuela” –al parecer usual en la institución–, para esquilmar al Estado con una pensión por más de cinco millones mensuales.

En tercer lugar incluyo el caso del exdiputado y fugaz ministro de Segpres, Jorge Insunza, que debió renunciar al cargo antes de un mes de haber sido nombrado, tras conocerse que complementaba sus ingresos como diputado, pergeñando informes de “análisis estratégico” para las Mineras, al tiempo que ejercía como Presidente de la Comisión de Minería de la Cámara. En la misma línea se pueden citar los casos de Pablo Wagner y el senador Jaime Orpis, cada uno en la nómina de pagos de Penta y Corpesca respectivamente, pero sinceramente pienso que estos casos responden a otro fenómeno mucho más antiguo, de connivencia entre el poder político y económico, especialmente en la derecha del país.

En cuarto lugar citaría a Rafael Garay, otro “emprendedor” avalado por los medios de comunicación como experto financiero, que montó una empresa para embaucar incautos al tiempo que les prometía ganancias fáciles. En realidad, la plaga de las estafas piramidales que ha azotado el país es, en sí misma, una buena metáfora de una sociedad ávida de un enriquecimiento rápido, sin reparar en los riesgos o legalidad de las estrategias para conseguirlo.

Por último, mencionaría el caso del yerno de Joaquín Lavín, Isaac Givovich, otro “emprendedor” repentino, que ha lucrado profusamente con las campañas políticas, y que ahora no duda en demandar a su propio suegro, para evitar pagar una multa ante el Servicio de Impuestos Internos.

Todos estos ejemplos, heterogéneos, aparentemente diversos, apuntan en mi impresión a un único tipo de sujeto social, que podríamos denominar, entre muchas comillas por cierto, como el nuevo “emprendedor” chileno. Por lo menos, no me cabe duda que en la narrativa interna de cada uno de estos protagonistas, se conciben a sí mismos de esa forma: son “emprendedores”, en el sentido de que se aprovechan de las oportunidades que ofrece el entorno, con habilidad y prestancia.

Más aún, mi impresión es que todas estas personas (y así lo han dicho en repetidas declaraciones públicas, a excepción quizás de Garay que es un caso más psicopático), no están en crisis con su conciencia, no consideran haber hecho algo incorrecto. No se trata por tanto de estafadores o “pillos”, al menos no ante ellos mismos, es algo peor aún: de verdad piensan que esa es la forma correcta de funcionar en este sistema.

El común denominador de este nuevo “tipo social”, de este seudo-emprendedor, es la tendencia a considerar válidas, incluso admirables, acaso meritocráticas, acciones que en verdad constituyen tráfico de influencia, aprovechamiento indebido de información o privilegios, o derechamente estafa. Se construye así un sujeto ficticio, que supuestamente se esfuerza, y sale adelante sobre la base de sus méritos, cuando es en verdad un sujeto que se aprovecha de su posición y privilegios para maximizar sus beneficios personales de forma indebida. No es un emprendedor, es un aprovechador.

Si se observa con detención, este tipo de conductas no difiere mucho del patrón que han seguido las grandes empresas en el pasado: la colusión entre las farmacias, o las papeleras, para extraer mayores ganancias de los consumidores, las estratagemas de La Polar para abusar un poquito más de sus deudores, el intento de Agrosuper de instalar una planta procesadora de alimentos sin preocuparse del impacto ambiental en la comunidad, por citar sólo algunos ejemplos.
Este nuevo tipo social replica, o introyecta, el mismo patrón de abuso, camuflado bajo la fachada del empresario o el emprendimiento.

De esta forma, lo que se valida como un supuesto “buen negocio”, es en verdad una conducta de aprovechamiento personal de una posición de privilegio o poder. Los valores asociados al modelo de mercado, tales como el liderazgo, la innovación, o el atreverse a tomar riesgos, sirven en estos casos no para promover el emprendimiento, sino para avalar conductas abusivas, reñidas con la ética y en sobrados casos también con la legalidad.

De la misma forma, la relación que establece este seudo-emprendedor con el entorno, o con la comunidad en la que se inserta, es análoga a la que caracteriza a las grandes empresas. No se busca en verdad aportar a la sociedad o comunidad, sino obtener beneficios de ella, explotarla para su propio beneficio. Para este seudo-emprendedor, al igual que para la gran empresa, la dimensión de lo público se ha desvirtuado por completo, ha dejado de ser un terreno de encuentro o realización colectiva, para convertirse en un espacio del cual profitar o depredar.

Este nuevo “tipo social”, que he tratado de bosquejar a partir de ciertos casos concretos –que han adquirido valor simbólico en el espacio público–, tiene un correlato mucho más amplio en la sociedad actual. No se trata sólo de casos aislados, sino de una nueva actitud general, que permea a la sociedad en su conjunto. Se lo percibe y escucha en todos lado, haciendo negocios en los cafés, quejándose de su destino en el transporte público, o lanzando comentarios furiosos por los medios de comunicación o las redes sociales. La actitud preponderante es siempre la misma: el interés voraz de obtener alguna ganancia extra, o la frustración por no conseguirlo, de la mano de un total desprecio por lo público.

Su presencia también tiene un efecto relevante en la política, conformando un grupo de ciudadanos que se relacionan con ésta exclusivamente a partir de la búsqueda de beneficio personal. Se trata de una relación completamente instrumentalizada, donde la política sólo se evalúa en la medida que me sirve a mí, al tiempo que se diluye la concepción de la esfera pública como un ámbito relevante de mi propio bienestar.

Este nuevo sujeto y ciudadano, presenta demandas enormes para el sistema político en su conjunto, pero en particular para la reconstrucción de los discursos de izquierda, que son los llamados a revalorizar lo público y transmitir la importancia que tiene pensar desde una perspectiva social y no sólo individual. Un problema que enfrentan las izquierdas en todo el mundo, pero que se hace especialmente acuciante en el Chile actual, a quince días de una elección que tiene al candidato de derecha como favorito.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Original Link...

0 comentarios